LA LLUVIA Y EL MUERTO

Cuentos
Autor: Jotacastro
Origen: San Martín de Loba, Bolívar
Contacto: 3147009415

EL MITO DE PUERTO DE ORO

Cuentan los moradores de Puerto de Oro, la ciudad más grande y próspera del mundo en las lejanas tierras del oeste, que en tiempos muy remotos, tan remotos como la existencia misma del universo, había allí una aldea plantada junto a un río, a donde los lugareños abastecían sus necesidades de consumo. Toda la comunidad desde antes del amanecer diariamente iba a aquel lugar para llenar sus vasijas de una agua cristalina y lavar allí sus ropas, también referían historias asombrosas bajo los eternos sombríos de sauces y encinas. Era tanta su comunión con este lugar, que bien podría decirse que este riachuelo era la vida misma de esta pequeña población. Pero un medio día, cuando el sol brillaba con más intensidad, un monstruo de gran tamaño surgió del centro de aquel afluente, intimidando a todos con unos terribles chillidos, y las personas que allí se encontraban huyeron despavoridas a sus casas, la comunidad entera se llenó de pánico, y fue tanto su miedo que al día siguiente nadie quería llegar a sus aguas, aún muy a pesar de la gran necesidad que todos tenían de ella: en lo adelante, decidieron sobrevivir con lo poco que tenían almacenado en sus vasijas, así que hicieron lo posible y hasta lo imposible para que les alcanzara el mayor tiempo. Todo mundo solo murmuraba desde sus casas, sin atreverse a salir ni a donde los vecinos; el miedo se había apoderado de todos. Cuatro días después cuando una señora se acercó al afluente, vio surgir de él a una gran bestia encolerizada, tenía su cabeza grande y roja, ojos saltones, tenía cuerpo y cola de iguana, en todo parecía un reptil, y atacó a la mujer, por poco la devora, la comunidad se llenó aún más de pavor. Todo era cierto, la población se veía seriamente amenazada, por ello más nadie volvió a intentarlo. A partir de allí no supieron que sería de su destino, los ganados quedaron expuestos a la libertad y al abandono en los campos, la agricultura quedó a merced de la nada, dispuesta a ser presa poblacional de espinos y malezas, un camino incierto…

En un comienzo, esta población se bañaba con pequeñas cantidades de agua que tenía en sus almacenamientos, lavaban sus ropas y preparaban sus alimentos con poca cantidad, pero pronto dejaron de bañarse y de lavar, el agua empezó a agotarse, poco a poco sus aprietos fueron mayores, hasta que ya no tuvieron ni para beber, y peor aún, sumidos en el pánico vivo, dicen que hasta el día de hoy nadie sabe en el mundo cuanto desearon ellos este precioso líquido, sus gargantas comenzaron a secarse, sus cuerpos se agotaron, así que pronto cinco personas murieron y por el mucho miedo fueron sepultadas en el patio de sus casas, pero un día el Aedo del pueblo se atrevió a salir y fue de casa en casa animándolos de puerta en puerta para que entre todos tomaran decisión sobre cómo enfrentar esto. Era un hombre de barba blanca, cayado en mano y túnica, un anciano medio ciego llamado Alesandro, cuyo nombre le venía a bien con sus oficios y preocupaciones, sabio como ningún otro, había compuesto y cantado mil epopeyas, haciéndose acompañar de la cítara que interpretaba Ezio, un joven noble y hermoso de cabellos negros y ensortijados, y precisamente con él en este día venía por las calles, así que hombres y mujeres decidieron salir y unirse a su marcha. Todos miraban de soslayo al río, pero el asombro fue mayor cuando descubrieron que sus aguas se habían secado; ahora el problema era más grande de lo que todos imaginaban, pero siguieron al anciano y acamparon en la plaza del pueblo, el lugar donde el viejo creyó se llevaría a cabo la reunión que solucionaría el mal de todos, más al contrario de que hubiese allí un generador de ideas, hubo un gran silencio, nadie se atrevía a decir nada, todos estaban amedrentados y con la vista perdida en el espacio, sólo la voz del anciano podía oírse:

¿Qué les pasa? Los exhortaba aquella voz: ¿Por qué la cobardía es más grande que ustedes mismos? ¿Acaso hemos nacido para que el miedo y las limitaciones nos gobiernen? ¿O nosotros vencer a la adversidad?

Créanme que en estas condiciones la muerte sería el mejor regalo, de esta manera no valdría la pena vivir la vida. Despierten, su intrepidez será el ejemplo que a futuro cantaran los rapsodas en los palacios de los reyes, el aliento que les servirá de coraza y valor a las naciones.

Pero por más que el anciano hablaba nadie se atrevía a actuar. Durante ese tiempo muchos no dejaron de contemplar el cielo para ver que señal les presentaba el viento emisor, mas no veían nada y de un momento a otro, de uno en uno todos comenzaron a marcharse, a meterse de nuevo en sus casas, dejando al anciano solo no más con el hermoso joven de la cítara en aquella plaza, los hombres y las mujeres ahora se asomaban por la ventana de sus refugios y desde allá los veían, entonces el sabio anciano en medio de aquella pobre soledad empezó a clamar de impotencia:

Benditos sean los dioses: hasta dónde puede llegar el miedo, ¿Cuál peligro será más grande en la vida? morir tratando de hacer algo productivo, ¿o jamás llegar a intentarlo?
Entonces lo haré yo sólo, pero jamás viviré en medio de cobardes aumentando la lista de ellos. Y diciendo estas palabras comenzó a desplazarse hasta el cauce árido. Todos vieron pasar a Alesandro por el frente de sus ventanas, la gente lloraba de impotencia, el joven Ezio lo seguía tañendo el instrumento musical.

–Toca Ezio- decía -toca como nunca antes haz tocado en la vida, emprenderemos hoy una batalla, será una cita con la vida, o tal vez con la muerte, pero si la sobrevivimos, -viven los dioses que así ha de ser- gritaron a coro, por siempre recordarán las naciones este día en que el bien venció al mal y nuestros nombres se escribirán en pergaminos de bronce y se colocarán como estandartes en los pórticos de los palacios, nuestro ejemplo se citará como el mejor de todos.

Grande fue el asombro del pueblo al ver esto, Alesandro con Ezio estaban en el cauce árido, pero más grande fue su clamor, el eco de un llanto comenzó a salir de sus corazones, y empezó a llenar el pueblo bajo las ataduras de la cobardía: lloraban por el agua, por sus cinco muertos, lloraban por las historias que se habían contado y por las que jamás llegaron a referirse, lloraban valorando lo mucho que se habían amado como comunidad y por lo mucho más que pudieron llegar a hacerlo. Lloraban porque siempre habían contemplado con amor a la naturaleza, la brisa, los pájaros, a las flores y al campo, y lloraron al darse cuenta que jamás la habían apreciado tanto como lo suponían. Con lágrimas rectificaron que pudieron haberla querido más, pero, sobre todo: lloraron por la tranquilidad que les fue robada, el tesoro más preciado de los humanos; aunque jamás se tengan grandes cosas, la tranquilidad siempre será la mayor riqueza.

En la aridez sólo se oía la voz del anciano, quien de su cayado desenvainó una espada filante desafiando a la bestia a tener un encuentro con él: -aparece grande alimaña, ven y te cortaré la cabeza- dijo sin el más mínimo temor en la voz, y Ezio tras él nunca dejó de tañer hermosas melodías. Entonces la figura oculta como por una elevación de grandes hojas secas, empezó a moverse a cierta distancia, una cabeza de dragón alzó su cuello y enseñó sus dientes grandes y afilados y adoptó la posición de ataque. Sus alas de gran envergadura se agitaron y llenaron el espacio en lo alto, pero en el momento que ya se disponía a atacarlo, cuando el viejo en solitario con su pequeño cuerpo estaba dispuesto a recibirlo, se escuchó el estruendo como de un ejército armado y al grito de –a la carga-, todos venían corriendo, hombres, niños y mujeres, algunos lo hacían a caballos, el pueblo entero sacó valor de donde no lo tenía, venían armados con sables, machetes, cuchillos de cocina, vasijas en sus brazos a falta de escudos, y lo más grande: la coraza de su gran valor, para defender todo lo que desde la ventana los había hecho caer en la cuenta que eran suyos, sus más preciados tesoros, en síntesis, la vida misma: allí se trabó la más grande gesta jamás contada, pelearon como si fueran diez mil, y sólo eran veintidós personas.

Todos atacaron al feroz animal, cayeron con sus armas en cuello y lomo, Evin, un joven fornido desde su caballo saltó a la cabeza del dragón y se la cortó.

Pero cuando ya todo hubo terminado, a la valentía volvió a sobrevenir el llanto, todos se abrazaron en aquel valle que hasta el día de hoy desde entonces se le conoce como El Valle de las Lágrimas, allí lamentaron la incomparable pérdida del agua, los hombres lloraban como niños y los niños lloraban como hombres, y la tarea de las mujeres fue tratar de brindarles consuelo, cundo ellas mismas estaban deshechas por el llanto. Mas estando en estas cuitas en el cielo azul se vieron sobre volar águilas de tamaño gigante y todos se alegraron; el ave solar estaba a la vista, los dioses estaban mandando un mensaje y era más que claro, hacía referencia a -La Unidad- Galena la anciana así lo interpretó, todos las miraron como volaban con más fuerza a su alrededor y desaparecieron por el éste, pero el asombro y la atención jamás bajaron guardia y de pronto… una figura de dama muy estilizada, con ropas transparentes se alzó a cierta distancia:

-No teman-; dijo una fina voz, -pueblo valiente, que el miedo y el temor al peligro era vuestro mismo temor, convertido en la bestia más grande y temible que pueda habitar en la naturaleza, pero ustedes se han propuesto vencerse a sí mismos, de ahora en adelante, son libres de sus mismas ataduras, ya nadie los detendrá, pues ustedes han buscado superar los límites de sus propios pensamientos y en demostración de ello miren todos hacía allá- La multitud miró y vio cómo de la serranía venia otro tropel aún mayor al de ellos y al de los relinchos de sus caballos en el valle de la batalla: eran cascadas de agua viva que en contados instantes los inundó.

-¡Esta mujer es la diosa del agua!- Gritó Aria, – por los dioses, si es ella- dijo Galena, -es la diosa de la naturaleza -ella es- gritó el pueblo- y la diosa sonrío, arrojándoles agua y más agua y desapareció.

Este es el más grande y valioso mito que desde entonces Puerto de Oro, cree y tiene a manera de verdad, llevándolo como una antorcha en medio de la noche, el cual le ha servido para iluminarse y crecer, conservando en sus enseñanzas tres tesoros muy valiosos, la Naturaleza, la Valentía y la Tranquilidad, este ha sido el equilibrio que los ha puesto en progreso, al punto de ser reconocida como la mejor ciudad del mundo.

Dedicado a Lineth Gutiérrez y a la niña Virginia.

Entrega de Emprendimiento al Escritor Jotacastro